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TODOS POR LA IDENTIDAD

(PROCESO DE AUTO-CONSTRUCCIÓN NACIONAL)

http://www.revistapersona.com.ar/Persona11/11Casais.htm

 

“De este lado del país, nosotros seguimos haciendo teatro como tenaz ejercicio de resistencia, en tanto que entendemos resistencia como esperanza, poniendo la identidad como consigna, como punto de inflexión y de búsqueda, haciendo sonar dentro de nosotros la pregunta para dejarla salir de mil formas y convertida en miles de voces y gestos. Y la pregunta va a resonar en la cabeza de cada quien que dude de su identidad y también en la nuestra cuando nuestra propia identidad sea puesta en tela de juicio por el desasosiego y la desesperanza.”

El año 2001 vio nacer una idea digna de admiración y que no podíamos dejar de exponer en uno de nuestros artículos de la revista Persona. Teatro por la identidad arrancó con gran éxito y supo conservarlo durante mucho tiempo, hasta que se cerró el telón en el mes de octubre de 2002.

Las abuelas y los nietos, los protagonistas indiscutibles de todas las obras, disfrutadas por una Argentina a la que hirieron con más de treinta mil puñaladas en el alma. Eran los ´70, y parte de la década siguiente. Después las agresiones tomarían otras formas mucho más sutiles y, por lo tanto, más difíciles de percibir. Pero lo cierto es que gente tan sensible (admirablemente sensible) como nuestros queridos actores y actrices, fueron los que subieron “a un escenario para ponerse en la piel de las abuelas y de los nietos”, como expresó Estela Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Además, claro está, de la gran colaboración de los músicos, productores, escenógrafos, dramaturgos, etc.

La dictadura, llamada cínicamente Proceso de Reorganización Nacional (nosotros hubiéramos preferido llamarla –siguiendo la terminología de Rabinovich-Berkman– Proceso de "Hétero-construcción" Nacional), utilizó como botín de guerra a personas que recién habían conocido la vida en este mundo (además de a todos los demás), que desde el principio los golpeó duro. Allí estuvieron presentes las Abuelas de Plaza de Mayo. Solas, cuando la lucha comenzaba; acompañadas por gran parte de la sociedad después. Y así llegarían los actores y actrices a identificarse con esta causa nacional que ningún buen argentino, que ningún buen ser humano, debe ignorar. Hoy, veinticinco años después del comienzo de esta lucha, creemos que ya son un símbolo de una Argentina que busca desesperadamente un cambio que se demora, pero que tenemos esperanza de que pronto podremos vislumbrar.

Y de esa manera, ir al teatro es un primer gran paso. Es ejercer nuestros derechos, nuestra libertad de saber qué pasó y, a su vez, hacer un importante aporte para sostener la Justicia y el valor justicia también (el cual solemos ver muy lejos) reconstruyendo la identidad de tantos argentinos... identidades que se reflejan en la identidad nacional, que también debemos recuperar. ¡Esta es una gran posibilidad, argentinos! Estela Carlotto dice, con razón, que hay que enfrentar los miedos y el dolor y poner en escena una de las preguntas más importantes que cada uno de nosotros podemos formular: ¿todos sabemos quiénes somos?

El ciclo 2002 se desarrolló desde el día 22 de julio hasta el 21 de octubre, con entrada absolutamente libre y gratuita en las diferentes salas: Teatro La Carbonera, Centro Cultural San Martín, Impa La Fábrica Ciudad Cultural, Teatro Lorange, Teatro del Pueblo, La Máscara, IFT, y Centro Cultural Recoleta. En ellos se pudo analizar de diversas maneras una misma realidad: hombres y mujeres secuestrados y desaparecidos, hijos robados con ellos o del vientre de sus madres al nacer, para luego cambiar sus identidades. Y eso no fue lo peor. Como expresó por medio de un texto Daniel Fanego (el que fue leído por Valentina Bassi en el lanzamiento del ciclo) más tarde “nos robaron la esperanza y la fe en la democracia poniéndole punto final y obediencia debida al reclamo de toda una sociedad. Nos robaron la justicia indultando a los genocidas [...] Y así, aterrados, despojados, absolutamente descontrolados y alienados miramos el futuro y no vemos nada, sólo desesperanza y nada. Es que no hay futuro sin memoria”.

Todos los participantes de este ciclo aspiran a seguir buscando la verdad, exigiendo justicia y castigo para los responsables. “Cada chico apropiado es un agujero en la trama de nuestra memoria, que como agujeros en el alma no nos dejan comprender lo que está ocurriendo, no nos dejan ver lo que vendrá. El delito consumado por algunos tiñe a toda una sociedad y la compromete a su reparación o a la complicidad.” Ya no hay espacio para la indiferencia.

Y la revista Persona, a la que tengo el gusto de pertenecer, tampoco fue indiferente. Allí estuvimos, como tantas otras veces, compartiendo obras de teatro que son el reflejo de una lucha popular. Tampoco podíamos dejar de estar en el cierre del ciclo, así que fuimos algunos de los que aportamos un poquito de compromiso para (todos juntos) poder empezar a sanar las treinta mil heridas que tiñeron de sangre nuestro pasado.

La despedida que nosotros compartimos se desarrolló en el Centro Cultural San Martín, ubicado en la céntrica calle Sarmiento, entre Montevideo y Paraná. El lugar en el que nos invadió un sentimiento de dolor, bronca, nostalgia fue la sala Enrique Muiño. Pero la esperanza es más fuerte. Y si hay memoria, hay compromiso y hay mucho por lo que luchar tomados de la mano.

Tres obras hemos compartido. Los trenes siempre están llegando (de Mónica Ogando), Felicidad del pueblo, grandeza de la nación (de Guillermo Saccomanno) y Crónica de las Indias (de Amancay Espíndola y Araceli Arreche). Entre medio de las mismas, disfrutamos también de dos monólogos que relataban historias verídicas, con gran contenido sentimental.

Pasando exclusivamente al desarrollo de las obras, debemos separarlas porque merecen apreciaciones diferentes.

La primera, a la que calificamos como "buena" relata una historia de encuentros y desencuentros que lleva como protagonista a un tren que tiene el sabor amargo de la despedida y el placer del reencuentro. Es digno de admirarse el uso de la música y los sonidos para ambientar las diversas situaciones, al igual que las luces, lo que ayuda a entender un guion muy confuso, que relata una historia que uno no termina de comprender al cerrarse el telón. Las actuaciones de Mónica Ogando y Mariel Rosciano no fueron las mejores.

La segunda, a la que calificamos de "excelente" es realmente fuerte e interesante. Y aborda la problemática del ciclo con una actualidad notable. Se deja ver la propagación del doble discurso que aborda todos los sectores de la sociedad, desde el más complejo hasta el más sencillo. El conflicto principal tratado, protagonizado por la persona que nos dejó a todos enamorados con su interpretación del personaje, Marcela Ferradás, plantea la situación vivida por una prostituta mantenida por un político corrupto y su doble vida amorosa. Y la idea es exponer cómo el doble discurso está presente entre nosotros y compromete a la identidad.

Finalmente, la tercera obra (calificación "muy buena") analiza la cuestión de la identidad relatando una historia sucedida allá por el siglo XVI cuando tres mujeres en el cuarto de una iglesia llegan al trato del problema principal de la obra, vinculado con la identidad también. Está Leonor, la niña a desposar; María, su madre india e Isabel, la madre española. Allí se hizo presente la gran violación ejercida sobre los indígenas, con la conquista y la colonización. Claramente, la identidad es uno de los aspectos cuya violación se hizo más evidente.

Aplausos. ¿Qué mejor reconocimiento para un artista, en especial cuando está trabajando por una de las causas que siempre debemos sostener? Todos aplaudimos de manera impresionante. Fluía energía de manera asombrosa. Uno podía sentir lo que sentía la persona en la butaca de al lado. La conexión fue perfecta, y llegó a su punto de mayor expresión cuando de todos nosotros comenzaron a fluir lágrimas (acompañando a las de los artistas que agradecían y se abrazaban transmitiendo la paz que toda una sociedad necesita). Lágrimas en las que dejamos salir dolor, bronca, rencor, impotencia, violencia... para dejarle más espacio a la esperanza, que se reflejaba en la expresión de todos y cada uno de los presentes. Nunca más violencia. Por siempre, esperanza y resistencia. Nunca olvidemos, pero sí perdonemos, porque perdonar a los genocidas (lo que no significa dejar de exigir justicia terrenal) es el primer paso para perdonarnos cada uno de nosotros como individuos y como sociedad co-responsable de todos los logros y de los desastres que vivimos y viviremos.

¡NUNCA MÁS!